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La atención, es una función neuropsicológica compleja, y por ello difícil de definir. Moray encontró más de 12 definiciones de la atención, si bien, todas concluyen que se trata de un proceso multimodal que involucra diversas estructuras del sistema nervioso a lo largo del tronco cerebral y el cerebro (Tirapu, Ríos y Maestu, 2011).  Si seguimos el modelo de atención que nos presentan Sohlberg y Mateer (1987 y 1989), los procesos atencionales se dividen en los siguientes: 

Arousal: Capacidad de estar despierto y de mantenerse alerta. Activación general del organismo.

Atención focal: Habilidad para enfocar la atención a un estímulo visual, auditivo o táctil.

Atención sostenida: Capacidad para mantener una respuesta de forma consistente durante un periodo de tiempo prolongado. 

Atención selectiva: Capacidad para seleccionar, de entre varias posibles, la información relevante que hay que procesar, inhibiendo la atención a unos estímulos mientras se atiende a otros. 

Atención alternante: Capacidad que permite cambiar el foco de atención entre tareas que impliquen estímulos cognitivos diferentes.

Atención dividida: Capacidad para atender a dos cosas al mismo tiempo. Distribución de los recursos atencionales a diferentes  tareas.

Ya sabemos todos los procesos atencionales de nuestro sistema atencional, ¿nos ponemos a trabajarlos?

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